Barcelona 17 enero 1944

 

Ya sólo quedaban cinco peldaños para llegar al portal. Bajaba contento, silbando una canción. El baile de esa tarde le endulzaba el ánimo. Un sonido seco retumbó en sus oídos. Paró de golpe. Un disparo. -No, ahora no, por favor-. Se abalanzó al interruptor que estaba junto a la puerta y lo giró. Se pegó a la pared y se quedó inmóvil, sin apenas respirar. Sus sentidos en alerta. Se oían pasos, voces, alboroto. Parecía lejano, afortunadamente. Tras unos minutos eternos empezó a moverse , a oscuras, hacia el interior del edificio. Subió la escalera en absoluto silencio, como un felino. Al llegar al tercer piso esperó antes de llamar a la puerta. Se oían voces femeninas, alegres. No encajaban en ese funesto momento. Se decidió a llamar con los nudillos, el timbre sonaba demasiado agudo. tuvo que repetir la llamada antes de que una voz preguntara:

-¿Quién es?

– Soy yo, Claudio. Abre, por favor.

La puerta se abrió y una hermosa cara con los ojos muy abiertos, asustados, apareció iluminando la oscuridad durante el instante que tardó él en colarse en la casa y cerrar la puerta tras de sí.

-¿Qué ha pasado?

– He oído un disparo. Seguro que no es nada. Pero es mejor que espere aquí un rato. No quiero verme involucrado en ningún conflicto durante mi permiso.

– Sí, claro. Pasa. Íbamos a cenar. ¿Te apetece quedarte? No hay mucho, pero…..

– No. No te preocupes. No tengo apetito. Cenad vosotros. En un rato me iré a casa.

Recorrieron el largo pasillo hasta llegar a un saloncito con un mesa redonda y el resto de la familia sentada alrededor. La humeante sopa olía maravillosamente, pero él se sentía mareado.

-Buenas noches. Cenen ustedes. Yo me voy en un rato si a ustedes no les importa.

-¿Qué ha pasado? Preguntaron al ver su cara seria y pálida.

– He oído un disparo en la calle. Ya saben. Cualquier cosa…

-Sí, hijo. Todos los días detienen a algún conocido, o simplemente desaparecen. Quédate el tiempo que creas necesario.

– Gracias. Lo haré.

Se sentó en una butaquita que había en un rincón recuperándose mientras la familia cenaba.

Bonita familia- pensó. No me costaría nada formar parte de ella algún día.

Permaneció sentado y en silencio, imaginando que podría estar pasando en la calle. Pensando en su familia.

Estaba tan absorto en sus pensamientos  que no se dio cuenta de que Montse se sentó a su lado hasta que le cogió la mano.

– ¿Estás mejor?

– Sí. Mucho mejor. Creo que ya puedo irme. Mis padres estarán preocupados.

– Bien. Mi padre te acompañará hasta las ramblas. Por lo menos allí siempre hay gente y estarás seguro.

-Gracias.

Salieron los dos hombres en silencio, cada uno rumiaba sus cosas. Se despidieron al llegar a las ramblas. Desde allí cada uno siguió su camino a casa.

 Neus.