El miedo a volar

El miedo a volarEl miedo a volar.

Descripción personal de la zona de confort.

 

El miedo a volar, a salir del nido, a crecer, a mejorar, a hacer cosas diferentes de tu día a día, a la desconfianza. El miedo. El pánico. Lo desconocido.  Lo que no se tiene bajo control. Lo que te hace sentir incómodo. El miedo.

Todos sentimos ese miedo, pero la respuesta no es quedarse imbatible y escudarnos en él.  Nada de agarrarse a clavos ardientes, nada de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Hay que equivocarse, probar, sentirse vulnerable, reinventarse… para después crecer, aprender y valorar que el simple -nunca simple- hecho de haberlo intentado te hace especial y se llama desarrollo. Desarrollo personal.

Ese miedo es bueno, nos hace sentirnos vivos y hace que lleguemos a sacar la mejor versión de nosotros mismos. Vivir sensaciones nuevas, adentrarnos en otras culturas, aprender otro idioma, relacionarte con otros círculos, tocar ese instrumento que siempre quisiste, proponerte retos… Quizás, esta enumeración cargada de buenas intenciones le resulte tan excitante y tentador a unos, como terrorífico e innecesario -sí, repito, innecesario- a otros… Y son estos últimos los que con sus discursos conformistas amansan las mentes creativas y fugaces y las arrastran a ‘sus aguas’ tranquilas; esas aguas seguras, inmersas en un lugar hermoso y apetecible, donde todo está bien, pero donde nada nuevo sucede.

Establecer nuestra comodidad en ‘aguas seguras’ puede ser peligroso. Esta afirmación, de apariencia contradictoria, nos invita a explorar y a ser curiosos.

El mundo y sus profundidades son demasiado excitantes como para remar siempre en la misma charca calmada. Cuando hayamos observado, conocido y apreciado el paisaje que nos rodea, es hora de arribar las velas e iniciarnos a una nueva aventura.

 

LSF