Los infinitos, de Jhon Banville: el círculo de la vida y la muerte

Abr 16th, 2012 | por Elcantal | Categoria: Cultura, Libros


Por Sandra de Miguel Sanz

  No te afanes, alma mía, por una vida inmortal,

                                                              pero agota el ámbito de lo posible.

Píndaro

Una gran parte de la literatura se pregunta por el sentido de la vida. Aunque ésta está irremediablemente imbricada con la muerte, la pregunta archiformulada es: ¿por qué vivir? Por esto, el desafío de esta obra de Jhon Banville radica en que invierte la pregunta, apremiando a interrogarse sobre el sentido de la muerte.

Al personaje de Petra esa interpelación de la vida (¿O de la muerte? ¿O no son acaso parte de la misma cosa?) le acorrala, le vence. Por eso necesita perpetrar cortes en sus brazos, anestesiarse, olvidar que ha sido derrotada por ese personaje que nadie nombra pero todos pronuncian con sus miradas: “En los últimos tiempos, desde que el viejo Adam se quedó dormido, los otros parecen más agudamente conscientes de su perseguidor fantasma; […]”[1]. Espectro que también derriba a Úrsula, quien opta por abandonarse a un encadenamiento de embriagueces, provocando una inmensa compasión.

Los infinitos se constituye como un duelo en sus dos acepciones principales. Entendido como combate, las páginas de Banville narran el combate que libra con la muerte la familia Godley, la lidia entre los dioses y los hombres –aunque finalmente ambos se las verán con el destino-; y, por último, los enfrentamientos de los personajes consigo mismos.

Entendido como aflicción, la historia también es un duelo. Los personajes sufren por Adam, sufren por la muerte como objeto en sí mismo, y, ¿acaso puede librarse el lector de esa angustia?

Banville se esmera para envolverlo, para arrullarlo con el sustrato de la muerte, lo que le conduce inevitablemente al otro duelo: aquél que tiene que ver consigo mismo.

Para colocar al lector frente a la sustancia de lo que implica la partida definitiva, lo transporta a Arden, un lugar no ubicado geográficamente pero descrito de tal forma que es imposible que el lector no erija en su mente una casa de múltiples y extravagantes esquinas (“[…], la casa parece más esquinas de las que le corresponderían, ¿no lo habéis notado?”[2]), ensombrecida, cercada por una luz entre reverdecida y ocre claro, situada en medio de un campo desolado, próximo a unas irreales vías de tren y a un bosque que aparece y desaparece a su antojo.

Si hay un adjetivo con el que puedan describirse las imágenes de Banvilles es, desde luego, el de evocadoras, siempre con esa magia de la lectura que permite esbozar a cada persona un espacio con matices propios. La luz, la naturaleza, los trastos viejos, el baño destartalado, la caldera anticuada, el baño estrecho, el suelo con baldosas que simulan un tablero de damas… Esos y otros elementos, delineados por Banville con la nítida precisión de un perfecto retratista, tejen la atmósfera propia de una ensoñación reveladora.

Úrsula, Petra y Adam (hijo) son retoños –como creación literaria- de ese ambiente. No pueden concebirse uno sin el otro. Pertenecen a Arden porque Arden es Adam y es a la vez el Edén, es decir, lo que alguna vez fuimos todos: el origen.

Y cuanto más piensan, cuanto más sienten la lejanía de Adam (padre), más se asimilan al lugar, a ese halo inerme y desvencijado que desprende la casa familiar de los Godley. Los personajes principales de Los infinitos comparecen ante el lector como seres desvalidos, necesitados de protección, pero, sobre todo, de un sentido que ni el mundo ni los dioses pueden entregarles.

Ese sentido, ese secreto, es el que pretende regalarnos el narrador y dios Hermes de la mano del escritor irlandés Premio Booker 2005 y Premio Franz Kafka 2011: “Deberíamos dejarles probar la inmortalidad, a ver si les gusta. No tardarían mucho en venir a nosotros aullando y vomitando de congoja, implorando que acabáramos con ellos para siempre.”[3]

Pero ¡ah!, ¡obstinados humanos! No importa el número de ocasiones que nos lo griten, seguiremos desoyendo a los inmortales, esas voces sabias de tiempos inmemoriales a las que el autor, a pesar de su formación en colegios católicos –primero en una escuela de los Hermanos Cristianos y después en el colegio San Pedro de Wexford-, concede en esta obra un lugar primordial.

Y es que esta historia de mundos posibles la protagonizan también Zeus, Hermes y Pan. Del mismo modo que los griegos recurrieron a los mitos para explicarse el mundo, este autorrecurre a los dioses para esclarecer qué es lo que mueve a sus personajes a orientar su comportamiento en uno u otro sentido.

La perturbación de Helen por el sueño inicial de la historia, el beso de Helen con Rody en el bosque o el viraje en la relación entre Ivy y Duffy, vaivenes inexplicables o inesperados que tienen lugar en la literatura y en la vida – pero, ¿qué es la literatura sino vida?-, se revelan aquí como movimientos que responden a caprichos divinos.

Independientemente de nuestras creencias religiosas, la obra aborda un tema universal: el conflicto entre voluntad y destino, la pugna entre la voluntad y la sumisión a lo que sea que mueve los hilos de nuestra existencia, la pregunta aterradora – ¿y si tan sólo somos títeres?-. Títeres del destino, de lo inexplicable, de la vida, de la muerte, de los azares que vertebran este tránsito desde el principio hasta el fin.

Un fin en el que, como Adam, es probable que repasemos nuestra vida, nuestros hitos, asumamos el tránsito obligado hacia lo desconocido o quizás aún vivamos algunos instantes más…

Pero, antes del final, de empatizar con Adam padre, es probable que nos sintamos como Adam hijo, con la mirada perdida frente a un niño desconocido que viaja en un tren cualquiera, deambulando desamparados portando unos viejos pantalones de nuestro padre en un último acto desesperado por aferrarnos a él a través de sus cosas. O quizás, como Úrsula, transitemos por los lindes de la locura, observando y cuidando el cuerpo del ser amado mientras su mente está en un limbo errático entre la vida y la muerte. O, quién sabe si nos desbordaremos como Petra y sólo nos quedará observar nuestra sangre para creer que la vida existe y no se trata de  una alucinación.

El final que dispone Hermes es sólo aplazamiento de la muerte. La esperanza está en el futuro hijo de Helen y de Adam. Pero, más que esperanza, es repetición perpetua, hasta el infinito[4]. Es, de alguna manera, la inmortalidad de los humanos, condenados, todos, a reintentar lo mismo: encontrar la felicidad. Pero, quizás sea tarea de Sísifo porque:

“Tienen miedo de algo, algo que está siempre ahí aunque hacen como si no estuviera. A todos les pasa lo mismo, esa cosa tremenda y pavorosa, salvo a los muy jóvenes, aunque en sus ojos también le parece detectar a veces una momentánea dilatación, un súbito y horrendo despertar. Perciben ese secreto y su aterradora conciencia en todo lo que hacen. Incluso cuando están contentos algo falla en su felicidad.”[5]

Porque, a pesar de los infinitos mundos posibles y de esos mundos que están, aunque no los veamos, el ser humano siente la finitud de su mundo, el suyo propio, el de su conciencia. Y ese peso es más que suficiente para angustiarle, para hacerle olvidar que lo efímero es lo que dota de valor a todo lo que le sucede. Y como llega a ignorarlo, desperdicia y expulsa a manotazos la posible infinita felicidad, y así comienza a morir en vida, pues “Nunca es demasiado pronto para empezar a morir”[6].

 

 

 

[1] Banville, John. (2010) Los infinitos. Anagrama: España. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. p. 195.

[2] Ibid., p. 186.

[3] Ibid., p. 204.

[4] Aunque también, en palabras de Banville: “Nunca dos cosas son lo mismo, el signo igual es un escándalo; […]” Ibid., p. 209.

[5] Ibid., p. 194.

[6] Ibid., p. 155.


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