Palabras claves: banco, Sepúlveda, horrible, excusar

ANCIANO, BANCO Y ARBOLMi situación era ya imposible, no podía aguantar más la presión: mi familia, mis hijos, mis amigos – ¡como pesa la opinión de los amigos!- , en definitiva el ¡qué dirán! Maldita frase que se nos graba en las neuronas desde la infancia y nos persigue toda la vida. Lo que sentía en ese momento era espanto, una horrible sensación de nulidad,  en su acepción de nada. Yo era nada. ¿Cómo había podido llegar a este estado? Yo había sido director del banco y ya se sabe que un cargo así en una sucursal de un pueblo como Sepúlveda, siempre representa alguien importante para la comunidad. Todo el mundo te sonríe, al fin y al cabo el director sabe todo sobre uno. Tus cuentas, tus negocios, tus gastos, sobre todo eso, tus gastos. Yo sabía de todo el mundo hasta lo que no quería saber y todo el mundo lo sabía. Era eso, el director del banco.

Y en ese momento, también sentado en un banco, pero esta vez de la plaza, escondido entre las ramas de los árboles y los arbustos, entre las sombras intentando que nadie me viera, me reconociera,  pasar desapercibido, se me ocurrió la idea más descabellada pero que en ese momento me pareció la mejor. Si no era nadie, seria NADIE, invisible. De esta manera, pensé, ¡pobre de mí! que podría evadirme de todos mis problemas, excusarme de mis obligaciones. Huir, si, la palabra huir se me antojo en ese momento la palabra mágica.  Y me sentí libre, etéreo, transparente, hasta en algunos momentos creí levitar; me vi por encima de todo el mundo. Era invisible, era invulnerable. Creo que hasta me sentí, por unos breves segundos, feliz.

-Me permite –me dijo una voz seseante de mujer salpicada por pequeñas gotas de saliva que se le escapaban de entre los huecos de sus dientes, la mayoría inexistentes.-Este es mi banco.

 Julieta Alba