Por la mañana

El clik del tostador me sacó de mí, todavía, ensoñación.

-Huele un poco a quemado. -Comenta Berta por lo bajini, con la clara intención de que no lo oyera  o, en el caso que me diera por enterada, no molestar.

– Si, ya voy.-Le contesto sin saber muy bien a dónde tenía que ir o que hacer. Por mera costumbre.

-¿A dónde vas?–me contesta Berta, mi madre.

No lo he dicho, pero Berta es mi madre. Llevo viviendo con ella desde que me trasladó la empresa.  Me bajaron el sueldo y me dijeron, – Bonita si lo quieres lo tomas o si no lo dejas y, además, te vas a Alicante.

-¿A Alicante? –Contesté con un grito enmudecido por el espanto.

– ¿Qué coño hago yo en Alicante?

Desde que me fui de casa de mis padres a estudiar a Barcelona, no había vuelto a los lugares de mi infancia, salvo puentes cortos, por mero compromiso familiar; ni tan siquiera en vacaciones. ¿Qué iba a hacer ahora allí? Ya  sólo me quedaba mi madre.

Mi padre se fue hace tiempo, creo que porque ya no pudo aguantar más.  Él nunca lo dijo pero, cuando después de una tremenda discusión, creyéndose solos en casa, dio un tremendo portazo diciendo  -Ahí te quedas. Que te aguante tu puñetera madre  y se largó,  no se fue por mí, yo siempre me había comportado bien, era una chica buena.

Yo sabía que en el fondo, mi padre  a mi si me quería.  Todavía siento su presencia cuando por las noches se acercaba a mi cama y me decía con voz melosa – tú eres mi cariño, mi amor, siempre te llevare en mi corazón, pero no se lo digas a nadie, es nuestro secreto y mientras  me pasaba su mano caliente por entre mis muslos y me apretaba contra su pecho.

Yo, que estaba entonces secándome el pelo en el cuarto de baño, pese al ruido del secador, pude oír como mi madre tras el portazo dijo. – Buff, no sé cómo he podido aguantar tanto. Y se puso a llorar.

Con mi madre nunca me he llevado bien y nunca he sabido qué decirle, por eso me quedé callada detrás de la puerta del cuarto de baño e intenté hacer el menor ruido posible para que continuara con la creencia de que estaba sola en casa.

Cuando la oí cantar la “chica ye ye” me atreví a salir de puntillas, llegué a mi dormitorio, cogí cuatro duros que tenía y me fui a la calle sin que me oyera.

Cuando volví una hora más tarde me dijo lacónicamente.

-Tu padre se ha ido. No sé cuándo volverá y no me preguntes nada. Si quieres saber algo le llamas y que te lo cuente. Yo no estoy dispuesta a disculpar ni un minuto más a ese cabrón.

Creo que desde entonces no he tenido una conversación con ella. Me daba miedo que me contara el por qué. Que me dijera lo que después de mayor, he sospechado. No, no quería saberlo. Siempre he preferido no enterarme, para mí era muy doloroso, creo que todavía lo sigue siendo. De hecho cuando le dije que, por motivos de trabajo y mi bajo sueldo no tenía más remedio que irme a vivir con ella me dijo.

– Esta es tu casa, puedes venir cuando quieras. Fue lo más cariñoso que me había dicho en mucho tiempo y por teléfono.

– Estás en las nubes, como siempre –Me dice mi madre de nuevo sacándome de mis pensamientos.

Esta chica no sé dónde tiene la cabeza, tantos estudios, tanto ¡yo puedo sola!, tanta independencia, tanto….. tanto, que al final veo que terminaremos las dos entre estas paredes, solas, aunque estemos juntas. ¡Qué triste la soledad acompañada! Y en silencio, siempre en silencio. Ese silencio que inunda e impregna las paredes de esta casa desde que su “querido padre” tuvo a bien irse. Ninguna de las dos hemos hablado de ello y de mis labios jamás saldrá el motivo de su marcha. –Mejor tenerlo oculto por el silencio y el premio sea la soledad, -se dijo Bea entre diente.

-Dices algo, mamá. – pregunté a mi madre cuando la oí susurrar mientras esbozaba una pequeña sonrisa contradictoriamente triste.

Julieta Alba.