Ya sólo quedaban cinco…

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Sólo eran cinco pasos, sólo eso. En cualquier otra circunstancia  cinco pasos no significan nada, pero en este momento  es la diferencia entre el horror y el qué;  el seguir como hasta ahora, un presente conocido, en el que en ocasiones hasta encuentro  paz y seguridad, y por qué no decirlo, hasta, creo que amor; por lo menos eso me dice siempre, que sin mí no puede vivir, que yo soy  el amor de su vida. Y yo me lo creo porque ¿adónde voy  a ir yo si lo que tengo se lo debo a él?, Yo sin él no soy nadie. De hecho no he sido capaz de ganarme la vida  ¡Si no hubiera sido por él!

¿Qué hago? ¿Qué me espera detrás de esa puerta? ¡Ay, si yo lo supiera!

¿Cuántas veces lo he pensado y cuantas lo he descartado y me he vuelto atrás?

Me río ahora cuando me acuerdo de la última, ¡hasta tenía las maletas hechas!,   bueno más que  la maleta, la mochila y el bolso lleno de papeles. Todavía me pregunto  por qué querría llevarme aquellos documentos que  no me iban a servir para nada, y ¿las fotos? ¿Para qué? ¿Por qué  llevarme las fotos de la boda?  Y al final, me llamó por teléfono para recordarme que teníamos que ir a visitar a su hermana y que me pusiera guapa, no como la última vez que me puse aquella falda tan bonita, que a mí me gustaba tanto como me quedaba, y que de lo único que sirvió fue para que me montara una bronca diciéndome que ya no tenía edad.

Fue llamarme, decirme lo que tenía que hacer y como un resorte , sin pensarlo dos veces, como si fuera mi propia conciencia dejé la mochila, los papeles y las dichosas fotos y me metí en la ducha ; tenía que lavarme el pelo y quitarme la coleta que él  tanto odiaba, si no quería tener otra bronca. Y como si nada hubiera pasado, me recogió una hora más tarde y puntualmente, como siempre, a las nueve estábamos cenando con su maravillosa hermana. De la conversación  no me acuerdo para nada, del menú tampoco, sólo me acuerdo de lo guapa que me encontraron todos, no dejaron de alabar mi estilo y de lo bien que me conservaba a pesar de mi edad. Parecíamos una pareja, un matrimonio, un ¿qué se yo?

Y ¿por qué ahora? Ahora precisamente que llevamos una temporada más tranquilos, tanto que ni me dirige la palabra, sólo me mira y ya sé lo que tengo que hacer, lo que espera de mí.

Quizá sea eso, la indiferencia. Pensaba que eran los insultos y las descalificaciones lo que me impulsaban a dejarlo, a irme de su lado.  Pero veo que no, que me pesa más, lo que me mueve, lo que ha hecho que no aguante más es  su apatía, su desgana.

Sin rencor, y casi ya sin dolor, es curioso, yo misma me sorprendo.

Sí, creo que sí.

Ahora es el momento, sólo son cinco pasos.

 

Julieta Alba